Armas sí, huracanes no: función de los agentes locales en los conflictos prolongados

La crisis que vive Yemen en la actualidad es un ejemplo catastrófico de las consecuencias que sufren las comunidades afectadas cuando las partes beligerantes impiden a los agentes humanitarios brindar asistencia y protección. La población tiene dificultades para acceder a los servicios básicos en todo el país, a lo que se añade la escasez de alimentos, suministro de electricidad y combustible. Los organismos de ayuda, con la excepción del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), han visto denegado el acceso reiteradamente y, en general,  son los agentes locales quienes se encargan de negociar la labor de ayuda humanitaria.

Como se señaló en el capítulo 5, el socorro internacional en contextos inseguros es cada vez más difícil. Pese a que existe un conjunto de principios rectores y prácticas recomendadas que rigen las asociaciones entre los agentes locales e internacionales en los conflictos armados, la naturaleza y la complejidad de los conflictos, en constante evolución, requiere enfoques diferentes y específicos a cada contexto.

En el capítulo 6 se analizan las repercusiones de las situaciones de conflicto contemporáneas en la labor humanitaria por lo que respecta a la diversidad y el alcance de las necesidades humanitarias, los problemas de acceso, la protección y la prestación de asistencia, y se hace un repaso de los diversos organismos de ayuda locales e internacionales.

Evolución de los conflictos

A menudo se escucha que la naturaleza de los conflictos ha cambiado y es cada vez más “compleja”. Ello se debe, en primer lugar, al auge de los agentes violentos no estatales y a la prevalencia de guerras civiles en detrimento de los conflictos entre estados, que generan entornos de conflicto impredecibles, donde las líneas del frente y las alianzas son imperceptibles o cambian constantemente, exacerbadas por fisuras sociopolíticas y etno-religiosas. Estos conflictos pueden dilatarse durante decenios, agravando así la destrucción de las viviendas, edificios y otras infraestructuras y perturbando indefinidamente los medios de subsistencia y el acceso a los recursos naturales.

Por otro lado, los agentes no estatales no son signatarios de los Convenios de Ginebra y, aunque las leyes de la guerra les siguen siendo aplicables, supone una dificultad añadida a la hora de negociar la protección de la población civil y de los no combatientes y el acceso a ellos.

Las necesidades humanitarias de las comunidades afectadas también son diferentes. Además de las necesidades tradicionales como alimentos, medicamentos, atención médica, alojamiento y educación básica, la violencia constituye una amenaza para su seguridad física, lo que plantea la necesidad de brindar protección. Las necesidades varían según las distintas categorías de personas, es decir, si se trata de mujeres, niños o ancianos; su situación geográfica y su identidad etno-religiosa. El alcance y la duración de la protección y la asistencia humanitaria depende de las causas, la duración y la dinámica del conflicto en cuestión. Por ejemplo, en la República Centroafricana existía una necesidad de protección y asistencia general, pero en distinto grado según se tratase de musulmanes o cristianos y dependiendo de la región.

Anticipar las constantes dificultades que van surgiendo e intervenir con eficacia

Los contextos de conflicto plantean a los agentes humanitarios locales e internacionales posibilidades y limitaciones que requieren capacidades y competencias distintas de las situaciones de desastre. Los agentes humanitarios deben entablar relaciones y forjar redes de contactos con los agentes políticos, militares, gubernamentales y no estatales. Para ello es preciso entender, negociar y saber desenvolverse en la compleja red de relaciones y alianzas que mantienen los agentes en conflicto, encontrar posibles puntos de entrada e iniciar y mantener contactos con los principales interlocutores. También es necesario que los organismos humanitarios anticipen y analicen la identidad y la percepción que se tiene de ellos y de su personal en los entornos de conflicto.

La gestión de las intervenciones en situaciones de conflicto exige un análisis continuo del peso de las actividades humanitarias en los cálculos de las partes en conflicto y de las consecuencias que acarrearía la intervención en ese contexto. Para atender las necesidades de la población vulnerable mediante el fortalecimiento de la capacidad es preciso que los agentes locales participen en la reflexión, el examen y la adaptación de los marcos emergentes, como el marco para un acceso más seguro, los casos de estudio de los principios en acción, la sensibilidad sobre los conflictos, etc.

A pesar del aumento de la capacidad de los agentes humanitarios locales y de los debates en torno a su relación operacional con los organismos humanitarios tradicionales a los que hemos asistido en el último decenio, apenas se dispone de documentación al respecto. Algunas de las experiencias recabadas por los organismos de ayuda internacional se limitan a enseñanzas extraídas en el plano interno, especialmente en conflictos armados en los que el principio de confidencialidad es crucial para mantener el diálogo con todos los interlocutores.

Esto pone en evidencia la necesidad de seguir investigando las ventajas comparativas de los agentes locales e internacionales, la función de los intermediarios y la manera de ampliar el alcance y las repercusiones.

Mejorar las asociaciones

Las tendencias emergentes, caracterizadas por un mayor protagonismo de los agentes humanitarios locales y por la incapacidad de los organismos de ayuda internacionales de llegar a los más necesitados, repercuten en la colaboración entre ambos. En el capítulo 6 se concluye que, independientemente de la retórica empleada para describir la relación entre los agentes locales e internacionales, esta se sigue caracterizando por un marcado desequilibrio de poder. Al margen de que se califique como participación, asociación, cooperación o colaboración, la realidad es que las relaciones que mantienen los agentes humanitarios internacionales y locales o, en otras palabras, quienes pertenecen al sistema humanitario oficial y quienes le son ajenos, y quienes financian o donan y quienes reciben los fondos, sigue estando marcada por un claro desequilibrio.

La colaboración no incumbe solo a los organismos locales e internacionales, sino que se debe extender a todo el abanico de agentes locales que van surgiendo. En los contextos de conflicto armado más recientes, este abanico de agentes locales que se dedican a brindar protección y asistencia puede abarcar desde organizaciones benéficas a grupos de la sociedad civil, empresas, organizaciones religiosas, comunidades y grupos de la diáspora. La protección y asistencia prestada por estos grupos no necesariamente guarda consonancia con los principios humanitarios básicos y, en muchos casos, la mayoría de estos agentes locales no tienen experiencia en la prestación de asistencia y protección. Así pues, es preciso formular unos marcos más flexibles para que los organismos internacionales puedan adaptarse a este abanico cada vez más amplio de agentes locales y coordinarse con ellos.

Los contextos de conflicto resultan complejos debido a los marcados intereses políticos y militares y a los cálculos de las partes beligerantes, a los riesgos que conllevan para la seguridad de las operaciones desplegadas por las organizaciones humanitarias, a la intrincada e inestable red de alianzas y lealtades de las comunidades y a los intereses geopolíticos de los agentes externos. Para superar estas dificultades es necesario que los organismos de ayuda locales e internacionales comprendan mejor el entorno de conflicto y a las partes beligerantes, lo cual exige un análisis constante y más riguroso. La clave de una colaboración más estrecha entre los agentes internacionales y locales radica en saber determinar, adecuar y adaptar los procedimientos operativos a las características del contexto y en tener suficiente flexibilidad para cambiar según evolucione el conflicto.

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Informe mundial sobre desastres 2015 - Capítulo 6